La ética, en realidad, nace de la propia interioridad del
hombre y de su necesidad de ser libre, de su tener que decidir continuamente
qué es lo que él va a hacer con su vida en cada momento. En las decisiones
humanas no solamente se decide realizar una acción exterior a sí mismo, sino
que en esa misma decisión cada quién está sobre todo dándose una manera de ser
particular: está definiéndose a sí mismo como persona. Y eso en todas las
decisiones que se tomen en la vida.
Si uno decide ser ingeniero, filósofo, arquitecto o biólogo,
no está simplemente ejecutando una actividad externa, sino que paralelamente a
eso uno se va a definir a sí mismo y esa profesión va a marcar profundamente lo
que uno es como persona. Así, en cada decisión uno no va sólo haciendo cosas
externas, sino definiendo lo que uno es.
La ética no es sino la dimensión del hombre por la cual éste
crea posibilidades de ser y se las apropia, dándole con ellas una forma
concreta a su propio ser.
Es decir, esas decisiones tienen consecuencias directas
sobre lo que el hombre mismo elige ser. Hay decisiones que van a traer consigo
que el hombre sea mucho más pleno, mucho más persona, que lo van a enriquecer
en su humanidad.
Esas son las decisiones que consideramos han sido buenas
decisiones en nuestra vida, porque tienen consecuencias productivas,
formativas, enriquecedoras, nutritivas de nuestra propia manera de ser.
Hay
otras decisiones que, por el contrario, cuando uno las toma tienen
consecuencias negativas sobre uno mismo: son las decisiones que consideramos
fueron malas decisiones. Por ejemplo, haber escogido una carrera distinta a la
que realmente tenía que ver con la vocación de uno.

